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José Martínez: "Se habla de transformación social pero no de cambios profundos en el modelo económico"

Acción - Formación

Nacido en el barrio capitalino de La Isleta (Gran Canaria) en el año 1968, José Saturnino Martínez García optó por dedicar su vida profesional a la sociología. Así que hizo las maletas y se marchó a Madrid a estudiar Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Complutense. En la Carlos III realizó un master en “Economía de la Educación”, y terminó su formación universitaria con el doctorado en la Universidad Autónoma. Finalizado este proceso volvió a hacer las maletas, aunque esta vez con rumbo a la Universidad de La Laguna, en la que es actualmente profesor. Entre tanto, le ha dado tiempo de escribir el libro: “Estructura social y desigualdad en España”. Por profesión y vocación investigadora, está considerado experto en el análisis de la pobreza y la desigualdad, y como tal, el pasado viernes ofreció una charla para los agentes de Cáritas Diocesana de Canarias.

 

 

-Sin preámbulos: ¿Estamos tan mal como parece?

-Respecto a la economía, se puede decir que hemos perdido una década, mientras que en materia de desigualdad hemos retrocedido tres. Pero para una sociedad el problema no es solo la desigualdad en sí, es que esta situación lleva consigo una realidad de inestabilidad, de desequilibrio. Una democracia real necesita cierta igualdad. En España, ahora, se ve una cierta inestabilidad política derivada de esa desigualdad social.

-Sabemos pues dónde estamos. ¿Sabemos a dónde vamos?

-En desigualdad es posible que vayamos a peor. Nos dirigimos hacia un modelo de debilitamiento de la negociación colectiva sindical, y cada vez más cerca de negociaciones individuales. Esto nos lleva a realidades personales y a políticas personales, y esto, a su vez, afecta directamente a las políticas globales. Por ejemplo, en Educación se están aplicando medidas cuyas consecuencias las que veremos en una generación, no de forma inmediata.

-Los datos pintan siempre de un color distinto según quien los da. En materia de pobreza y exclusión, ¿es fácil manipular las cifras?

-No son fáciles de manipular, lo que sucede es que hay que tener un consenso sobre qué pautas se deben seguir para medir. EN la actualidad se han dado cambios metodológicos y por tanto no se sabe bien cómo debemos leerlos. Antes de que se modificaran los criterios estaba definido todo, pero ahora no podemos siquiera afirmar que aumenta la desigualdad. No se sabe bien. Los cambios para actualizar el censo es uno de estos parámetros que afectan a los estudios, o los cambios a la hora de tomar los datos de ingresos, que ahora se cruzan con los de Hacienda.

-En su charla hablaba de la redistribución de la riqueza. ¿Hay un límite para ello?

-Los gobiernos cuentan con muchísimo margen para aplicar políticas de redistribución de la riqueza. La presión fiscal es muy alta. En países como Dinamarca la presión fiscal es casi del 50%, en España estamos, aproximadamente, en el 33%.

-Pero se ha visto un cambio de mentalidad en los países nórdicos, y de ser un modelo de redistribución, ahora gana la derecha que reivindica menos ayudas a los sectores sociales más desfavorecidos.

-El populismo de la derecha xenófobo no tiene una relación clara con esto. El argumento que se utiliza es que se ataca a la base del estado del bienestar al aumentar la inmigración. En España, por ejemplo, no ocurre esto, pues son personas en edad de trabajar, que pagan sus impuestos y son personas sanas, por tanto es más lo que aportan que lo que pueden recibir. Si el flujo migratorio tiene lugar en un espacio de tiempo muy corto, si pueden producirse desajustes.

-Una de sus especialidades: Educación. ¿Hay futuro con la infancia?

-Hay dos cuestiones a la hora de afrontar el tema, una tiene que ver con la educación y otra, con las políticas sociales dedicadas a la infancia que se aplican. En lo referente a la educación, sabremos las consecuencias con el paso de los años. En cuanto a políticas de infancia, hay realmente pocas y, las que se hacen, no son globales, sino por regiones o puntuales. Esto nos lleva a problemas serios de graves consecuencias. Así, hay un problema de malnutrición, no de desnutrición, que dejará secuelas de por vida, pero no se afrontan ahora que es el momento.

-Nuestros padres nos advertían de que las cosas iban a peor y a ellos, nuestros abuelos. Ahora, ¿los padres por fin van a tener razón o es que nos estamos haciendo mayores?

-Es posible que esté habiendo un cambio. Si uno mira la crisis económica, la renta del país es la que teníamos hace 10 o 12 años. Es cierto que hay un sector de clases populares que no varía, pero las clases medias sí que cambian. Antes, el hijo de una familia de clase media podía independizarse y formar su propia familia de clase media en pocos años, pero ahora eso ya no sucede, pues el paro y la precariedad laboral obligan a que el proceso se dilate mucho.

-Lo que sí parece es que la crisis o la realidad a la que se enfrentan millones de personas cada día ha conllevado una importante movilización de denuncia y de interés por estar más presente en la política. ¿No sustituye de alguna manera estos nuevos movimientos a lo que fue el afán revolucionario antes de la caída del Muro de Berlín?

-Hay una diferencia clara en estos movimientos. Hablan de reformas políticas, de consumo, de cambios sociales, pero no se habla de un cambio profundo de modelo económico. No tienen nada que ver con las reivindicaciones obreras, de los grandes partidos comunistas, etcétera. Si hubiera un partido político fuerte de izquierdas, podríamos contar con un planteamiento revolucionario, y estos grupos no lo ofrecen. Sí, es cierto, hay una visión de cambio, pero sólo política y no de cómo ha de organizarse la sociedad.

-Estando las cosas así, dígame: ¿Cuál es el futuro que nos espera?

-Al pensar en el futuro debemos pensar en escenarios. Tenemos una sociedad que parece tender hacia un modelo chino: movimientos de protesta que conviven con el capitalismo y con una democracia limitada. También podríamos languidecer en esta realidad actual o, quizá, podría cuajar un movimiento alternativo de protesta que nos llevarían a un escenario de mucho cambio político y pocas transformaciones económicas. Las opciones podríamos verlas como un sistema tecnocrático como el chino o uno populista del que surja un proceso transformador. Este último es lo que veo más complicado, porque el populismo, una vez llega al poder, comprueba que sus propuestas son inviables. Ante el dilema tecnocracia o populismo es posible una tercera vía reformista, que con pequeños cambios institucionales altere las estructuras del poder social. Por ejemplo, en la UE, algo tan sencillo como que el Banco Central Europeo, además de preocuparse por la inflación, se preocupe por el paro. O una lucha auténtica contra los paraísos fiscales.

 
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